Inversores chinos: ¿ángeles o demonios?

La inversión china en el mundo se incrementó fuertemente. En el 2012 China invirtió US$ 84.000 millones, pasando a ser el tercer mayor inversor internacional, después de Estados Unidos (US$ 329.000 millones) y Japón (US$ 123.000 millones).

Los desembolsos apuntaron a recursos naturales (ej. minería, petroquímica), marcas con gran renombre y su tecnología (ej. IBM, Volvo, Smithfield), y ganar participación en mercados internacionales (ej. electrodomésticos, I&T).

La mayor participación china en los negocios internacionales tiene sus detractores y promotores. Por un lado, se encuentran aquellos preocupados por el desproporcionado poder del Estado chino, malas prácticas y escasos beneficios para las economías locales. Otros sin embargo, ven las inversiones chinas como una oportunidad para obtener capital y acceso a nuevos mercados.

Los economistas Suzana Rodrigues (Universidad Erasmus) y John Child (Universidad de Birmingham) entre otros, comenzaron a estudian las inversiones chinas en el exterior de acuerdo a las características del país receptor. Estos autores sugieren clasificar los países en base a dos criterios: estabilidad política y madurez institucional.

Estabilidad política se refiere a un sistema de gobierno que cuenta con legitimidad popular, cuando los cambios son ordenados y cuando se muestra continuidad en las políticas de los sucesivos gobiernos. Madurez institucional es la situación donde las instituciones del país, como su sistema legal y autoridades regulatorias, funcionan de manera transparente, y adhieren a reglas claras que aplican de manera universal a todos los ciudadanos.

En un país estable y maduro los inversores internacionales harán acuerdos transparentes, liderados por el sector privado, y serán frecuentes los joint-ventures. Por el contrario, en los países inestables e inmaduros, los inversores internacionales lograrán grandes concesiones por parte de las autoridades locales y habrá poca información disponible sobre los acuerdos.

Tomemos como ejemplo dos casos de inversiones chinas en el sector agroindustrial, en países muy diferentes:

  1. En el 2007, las autoridades de Filipinas y de China firmaron un acuerdo para explotar 1.000.000 de hectáreas para cultivar arroz, sorgo y maíz. Cuando los detalles del acuerdo salieron a la luz, fue fuertemente criticado y debió ser cancelado.
  2. En el 2010, la empresa láctea Bright Dairy compró el 51% del paquete accionario de Synlait, empresa neozelandesa dedicada a la fabricación de fórmulas infantiles; se duplicó la producción y se logró que la empresa cotice en la bolsa de valores de Nueva Zelanda.

En ambos casos los inversores eran chinos, pero la calidad de los acuerdos alcanzados difirió enormemente.

La pregunta obligada que se desprende de este análisis es la siguiente: ¿qué tipo de acuerdos tendremos en la Argentina?­ ¿serán acuerdos firmados a puertas cerradas o serán acuerdos transparentes? ¿habrá que hacer concesiones irracionales o tendremos acuerdos win-win? ¿los gobiernos serán protagonistas o dejaremos que el sector privado pueda desplegar su potencial como legítimo creador de riqueza?

La respuesta es dura: depende enteramente de nuestras instituciones, no del inversor chino. Los inversores chinos (y el análisis se puede extender a inversores de cualquier otro país) no son per se ni ángeles ni demonios; estos se amoldan a las reglas del país en el cual desembarcan. Dicho de otro modo, dime cómo eres, y te diré que tipo de inversión tienes.

[Publicado en diario Clarín, suplemento Rural, 05-07-2014]